Tuesday, April 25, 2006

Del blanco y del negro


¡Ometeotl! Hay un diós allá afuera, hay un dios aquí adentro. Hay un dios en el mundo. Hay uno y hay dos. Hay cuatro y hay doce. Un dios con muchas caras, un jardín de millones de flores, y nosotros... locos nosotros, únicos en el reino que escogemos mirar al uno. A lo que éramos antes de saber lo que somos.

El uno es el hombre, el aries, el niño y el guerrero, el número Uno... el hijo loco de la familia, el uno es aquel que sigue el camino de la alegría inocente del animal, rendido y dado por completo al edonismo, al destino. Sin tener un otro en quien reflejarse, el uno está condenado a eventualmente a vivir en la locura de olvidar... olvidarse a si mismo, su origen, su aroma, su esencia .

El uno se pierde en el mar del pensamiento y el uno se olvida de quien es, se vuelve inocente, como un animal.

Cuando el animal pierda la inocencia, es porque habrá aprendido a mirarse a si mismo, entonces nacerá la conciencia, esa mirada de espejo que se contempla a si misma, el tránsito de la inocencia a la conciencia, siempre es un tránsito de dos. En su primer momento, la conciencia no es realmente conciente... en sus primeros momentos la conciencia es, irónicamente, inconciente, es conflicto, es ruptura, fragmentación, es la naturaleza mirándose a si misma, es el observado y el observador, uno activo y otro pasivo, uno blanco y uno negro, dos partes de una misma cosa un mismo cuerpo con dos cabezas, como el de aquella mujer de la falda de serpientes. El dos nace cuando perdemos la inocencia. La conciencia abre los ojos en este mundo tal vez por vez primera... y nace abonada por la conciencia del dos... el tránsito de la locura a la conciencia es un tránsito difícil. en la dualidad nace el mandala. Nace la posibilidad y la libertad plena de observar y ser observado.

Nacemos en el uno. En el momento de nuestro nacimiento, nuestra conciencia, nosotros mismos, no somos más que una masa amorfa de ideas y sentimientos fragmentarios, no hay símbolos, no hay significantes, no hay referente alguno en la nueva mente, es la mente que mira al mundo tal y como es, sin ningún tipo de filtro ni prejuicio.

Miramos al mundo como uno, nuestros satisfactores y nosotros mismos y nuestra percepción entera de la realidad es una gran masa unificada de necesidades, instintos e imágenes.

Alrededor de los ocho meses, el ser humano, según Lacant, atravieza por algo llamado la fase del espejo, en la que la persepción del uno se rompe ya tal vez para siempre (o tal vez no) y se entra en la conciencia del yo y del ello, esta es la idea principal de la fase del espejo. Irónicamente, el hombre llega a entender el yo, a entenderse un individuo separado del resto de la realidad, a través del otro. En la fase del espejo, el niño reconoce a través del caos amorfo del Uno a la primera forma que entiende por diferente, a la madre. Es a través de la madre, que el hombre se entera que el mundo es dos. Cuando el niño reconoce que la madre es un ser separado de la masa amorfa, entonces se da cuenta, como en un mirarse al espejo, en un mirar hacia uno mismo y es cuando nace la conciencia del yo... no sin antes, y como requisito, de hecho, adquirir la consciencia del otro. y desde entoncences... dos es todo lo que vemos... todo lo que sentimos, todo lo que pensamos. Es bueno o es malo, es o no es... el gran dilema. La consicencia del bien y del mal, la manzana.

De la obscuridad y el caos, mira el bebé humano surgir una estrella, cuya luz y recuerdo habrá de buiscar hasta el final de sus día. Vivirá su vida buscándola en el cielo, en la tierra, la buscará en sus sueños, en sus vicios y en sus virutdes, el hombre querrá alcanzar aquella luz que vio y que le hizo ver, el hombre lleva en su corazón y ya por siempre a la María, a gayatri, a la madre. La madre nos ha hecho comer la manzana que nos expulsó del animal paraiso del Uno y nos lanza a la fría tierra del dos, la tierra del conflicto, de la separación, del anhelo eterno, del frío y de la distancia, del tiempo, del espacio, del Blanco y del negro.

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